Él me busca. Hace click, tatúa mi nombre con el teclado y, sin lupa en mano, me encuentra. Observa mis rosadas publicaciones siguiendo las huellas de mis tacos. Roza las cuentas de ustedes. Y seguro de sí mismo, pone un dedo en mi vida. Piensa que no lo veo, y no lo siento. Pero yo sí siento. Sí que siento.
Y la verdad, yo solo quiero que paren, compañerx. Que me dejen izar las alas para volar. Cruzar el tan ansiado arcoiris y llegar al paraíso queer, donde una es como se siente. Cual peluca mal puesta, abandonan las apariencias y se transforman en lo que son de verdad: mariposas que guardan un poco de cada color. Y cada color es parte de su identidad. Y eso es revolución.
En toda revolución existe un dictador. La tiranía en mi vida se apellida Limaylla. De linaje jaujino, instauraron un modus vivendi para sus viriles marrones descendencias: machos y no cabritos. Por eso, no lo veían venir. Perplejos quedaron cuando vieron mis plumas. Y amenazaron con el destierro.
¿Se imagina una vida camuflada de algo que no es?
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