Tu ausencia ha quebrado violentamente mi estabilidad, así como las garras de un león rompen la piel de su presa. Así me siento yo, como una simple presa que calmó y satisfizo tu sed de compañía, de rozamiento de piel, de placer sexual. Eso fui, soy y seré para ti, meramente un objeto que utilizas cuando necesitas introducir tu miembro en cualquier hoyo que carezca de contenido, cualquier agujero que no haya sido previamente inaugurado. No fue la primera, tampoco la segunda y mucho menos la tercera vez que te atreviste a hacerlo, no, sabes que ante la más mínima muestra de interés, caeré rendido ante tus pies, pues, como te dije, al primero nunca se olvida, y sabes que soy manipulable ante cualquier maquiavélico deseo tuyo.
Ayer gozaste con aquello que llaman el conjunto de extremidades, claro, tú solo venías a eso; mientras yo deseaba que aquellos besos tuyos fuesen más que sinceros, que fuesen tiernos, que fuese amor, tú sólo me pedías que grite, me preguntabas si me gustaba que me lo hicieras así, me demandabas repetir tu nombre. No, nunca surgió el amor. Fue erróneo pensar que, a través de la fornicación, podrías enamorarte de mí. Pero, ¿cómo hacerlo? Si mi cabello es color naranja, en las raíces, puedes observar su verdadero color; mis dientes son chuecos, lo siento, pero siempre me gustó jugar con la lengua y mis encías no fueron la excepción; tengo chapas, típico de los que descendemos de los incas; me falta un dedo, travesuras de un viaje que hice a Valparaíso; me sangra la nariz, sí, mis glóbulos rojos son traviesos; orino parado, porque nací con una protuberancia entre mis piernas. Sí, yo tampoco me enamoraría de alguien como yo, no temas, entiendo tu repudio hacia mí, ¿quién podría enamorarse de semejante fenómeno, de tan repulsivo ser, de tan hediondo girasol marchito?
Misteriosamente, existe alguien que sí parece hacerlo, alguien que, como el recolector de basura, encontro algo de valor importante entre toda esa mierda acumulada, que dice que mi cabello le recuerda a su gaseosa favorita, que mis dientes son tímidos como yo (algunos sobresalen, otros se esconden), que mi nariz bota salsa de tomate, que mis chapas le ayudan a recordar que Macchupicchu es peruano, que mi dedo era innecesario y, así, me deshice de lo que no servía. Él me anuncia que la mañana ha llegado y es hora de dejar la cama, me parla de lo genial que es cerrar los ojos y saber que estoy junto a él, me asevera lo necesario que soy en su vida.
¿Sabes? Él me hace el amor, besa cada una de las partes de mi cuerpo, me coge de la mano a todo momento, le importan las actividades que he realizado durante el día, me respeta y me quiere. Me pregunto si vale la pena cambiar a alguien como él por ti. Jajaja, a estas alturas, sé que ya me puedo responder solo.
Wayna Ankalli
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