Eran las cuatro de la mañana de un lunes, primer día de semana, y La Jose se levantó a empezar su jornada. Se lavó la cara con agua que tenía en una tina, sintiendo el agua fría por el clima, usó el jabón de ropa para lavarse la cara y una vez enjuagada, cogió un polo sucio con el cual se secó. Se vistió y peinó, porque pensó que mujer que andaba desarreglada, no era mujer. Se dirigió a su pequeña cocina donde estaban las ollas que contenían la comida sobrante del día anterior, sirvió un plato de comida y lo alistó para llevarlo en su bolsa negra. Lista para salir, se persignó frente a la imagen del patrón de su pueblo: San Santiago.
-Buenos días, Lucho. Sepárame mercadería, ¿ya? –le dice al hombre que lleva mercadería de la sierra a la capital-. Lo pesas, pues, y luego me das el quilaje para sacar cuentas. Me lo envías, yo ya pago la carreta.
-Ya, pero adelántame algo, pues, para separártela.
-Toma, te voy dando doscientos soles; luego arreglamos el resto.
-Ya, listo.
Eran las cinco de la mañana y caminó hacia la esquina donde siempre se ubicaba; se podría decir que ya se había ganado ese pequeño espacio en el mercado y los demás comerciantes sabían que en esa pequeña esquina vendía La Jose.
-¡Compre caserita, lleva Mami!- gritaba La Jose en su intento de vender sus productos. –¡Bonita verdurita, mami, a un sol veinte nomás! –volvía a gritar a una señora que pasaba frente a ella.-¿Qué estás buscando, Reina? ¡Pregunta nomás, Casera!
Así empezó el día. Aproximadamente a las ocho de la mañana, sacó el taper que se encontraba en su bolsa negra. Hasta el momento, había vendido menos de la mitad de la mercadería que el Lucho le había dejado. A veces, se peleaba con los cargadores porque pisaban su mercadería; otras veces, porque le molestaban. Tal es así que un día que estaba buscando zapallo loche para un cliente, uno de los carretero le gritó “SAO” y La Jose volteó para decirle que a una mujer se le trata con respeto, que ni con el pétalo de una rosa se le debe tratar de lastimar.
-Tú no eres mujer, maricón de mierda.
-Sí, soy mujer y además soy más hombre que tú.
-Váyate, chivato, que ahorita te agarro a puñetes para que te reformes, carajo.
-Ojalá tu hijo no sea gay, pobre de él, pues tener a un padre como tú, debe ser un horror.
Y entonces comenzó el espectáculo, todos los comerciantes y el público en general vieron cómo La Jose era golpeada por el carretero y sus amigos, que mostraban su homofobia con la pobre. Todos la vieron y nadie hizo nada al respecto, ni la ayudaron a levantarse. Al ponerse de pie, se limpió la sangre que tenía acumulada debajo del labio y escupió la sangre que guardaba en la boca, se dirigió a su pequeña esquina del mercado. Al llegar, vio que la mercadería que había el Lucho le había dejado había sido pisoteada y maltratada, a tal punto que ya ni iba a poder venderla. Triste, con lágrimas en los ojos, decidió regresar a su casa porque el cuerpo lo tenía adolorido.
Mientras estaba sentada en el microbús de costumbre, pensaba si alguna vez existiría algún espacio para las personas distintas, para aquellos que no son como el estereotipo que la sociedad impone. Le dolía el labio, lo tenía todo hinchado. Alguna vez escuché que Lima era distinta, que acá la gente daba la mano al que la necesitaba, hoy me doy cuenta que no es más que un vil engaño. La gente nos critica, dicen que quieren que nos incluyamos; sin embargo, cuando quieres obtener un trabajo decente, te cierran las puertas. ¿Cómo no quieren que me prostituya si no consigo trabajo? Mi madre depende de mí, su chacrita no le alcanza para todos sus gastos. Llegando a la casa, tendré que arreglarme para pagarle al Lucho.
Al llegar a casa, La Jose no sabía qué hacer ni cómo pagarle al Lucho, estaba un poco alterada y adolorida, pues tenía el labio hinchado. Se levantó, se acercó al espejo y se miró, perpleja durante cinco minutos pensaba en que el mal momento en el mercado no habría ocurrido si hubiese nacido físicamente mujer, pues ahí todos la habrían defendido. Tocó su mejilla y la sintió como una lija, pues tenía que afeitarse todos los días (no podía pagarse la cirugía que evitaba el crecimiento de la barba); rozó su mano por sus piernas y pudo sentir la velludez de su cuerpo, se cogió los pechos y notó que había un bulto inexistente en sí misma; prosiguió con su sexo, había un paquete innecesario entre sus piernas; finalmente, tocó su grueso y trinchudo cabello y notó que solo trataba de parecerse a lo que más anhelaba: una mujer. Al ver todos sus intentos fallidos, cogió una tijera y empezó a jalar un mechón de cabello con la mano y a cortarlos con la otra. Lágrimas caían de sus ojos, sentía que un dolor indefinible era producido por las tijeras, pero nada parecía que pudiera detener las tijeras.
Cuando La Jose recobró la conciencia, los largos mechones de cabello con iluminación que adornaban su cabeza habían desaparecido, solo quedaban cabellos disparejos en su color original: negro. En ese momento, se dirigió a la Iglesia del Divino Maestro, pues era la más cercana, y en la puerta fue intervenida, informándole que las personas como ella eran indeseables en la casa de dios. Sin ánimos de discutir y más golpeada que nunca, volvió a su cuarto. Sentada al borde de su cama con la mirada fija en el piso, se dio cuenta que la vida no era como uno la esperaba, que las cosas ocurren inesperadamente y que es necesario estar listo para ellas, pues, de caso contrario, tendríamos que renunciar cada vez que nos lo proponemos.
Entonces, juntó lo que le quedaba de cosas y se fue a Yerbateros (el terminal terrestre de buses) donde pagó diez soles para regresar a su tierra: Jauja-Huertas. Cuando se encontraba a la altura de La Oroya, pensó que “hace tres años había hecho el mismo trayecto, pero al revés, de Jauja a Lima, en ese entonces, iba en búsqueda de un mejor porvenir para mí misma; ahora, vuelvo asustada por la desastroza experiencia que me ha dado Lima”.
Hoy en día se le puede encontrar en La Plaza de Armas de Jauja, vende gelatina de pata y, a veces, ayuda a su madre en la chacra sembrando maíz y papa. Hace dos años conoció el amor, su nombre era Jerónimo, lo conoció en la fiesta de La Tunantada. Su encuentro fue muy casual. La Jose se encontraba vendiendo pan con chancho, cuando Jerónimo se acercó a comprar uno y le dijo que era una muy buena orquesta la que estaba tocando como para desperdiciarla vendiendo comida, la jaló de la mano y la hizo bailar. Tres minutos después empezó a llover y la orquesta tocaba más fuerte, los niños encendían cohetes pirotécnicos y las luces amarillas de los postes le daban un tono particular a la noche. Al acabar la canción, La Jose agradeció el gesto de su cliente y luego se retiró. Al acabar la fiesta, La Jose cargaba su canasta de pan cuando escuchó los pasos de alguien que corría salpicando el agua de la lluvia que había formado charcos en el barro; era Jerónimo que había ido tras de ella. Él le dijo que quería seguir conociéndola y que le permita ir a visitarla, La Jose aceptó y así fue como empezó esa relación.
Jerónimo siempre supo que La Jose era hombre, nunca hablaron de ese tema, pero siempre le decía que el amor venía de distintas maneras. La Jose también sabía que el amor no era perfecto, pues Jerónimo era casado, tenía dos hijos, pero ella estaba segura de que el corazón de Jerónimo le pertenecía a ella, por más que los documentos dijeran otra lo contrario…
Dedicado a Noélia López, por haberme obligado a terminar el cuento.
Escrito por Wayna Ankalli.
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